La lluvia y la medianoche hacen que la gente se resguarde en sus casas. Pero los noctámbulos son testigos de cómo no todos los niños duermen a esas horas. En los cruces viales, infantes y jóvenes venden dulces, tragan fuego, bailan disfrazados; los transeúntes aprietan el paso y los automovilistas pisan el acelerador. Los chavos nomás bostezan y se quedan viendo entre sí.
En medio de la fuente de las serpientes, entre las avenidas Molinos y Patriotismo, el Venom humedece su estopa con thinner mientras espera que el semáforo cambie de color. Aspira ruidosamente y se lanza con su cajón de dulces y cigarros al flujo vial. Regresa con las manos vacías y se sienta con sus compas a echar desmadre y a contar el dinero que llevan juntado.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) estima que en el mundo existen unos 100 millones de niños marginados. De ese gran total, en América Latina se congregan 40 millones y según cifras estimadas por la Fundación Pro Niños de la Calle, en las calles del Distrito Federal habitan alrededor de tres mil a tres mil 500 niños.
Por otra parte, la gran mayoría de estos niños son adictos a alguna droga que va de la heroína al pegamento, según el contexto de los países. De los 40 millones de niños marginados en Iberoamérica, 20 millones de éstos consumen alrededor de 20 millones de galones de pegamento al mes.
El fenómeno de los niños de la calle es multifactorial; sin embargo, diversas organizaciones sociales enumeran las principales razones por las cuales los menores de edad se ven obligados a habitar casas abandonadas, estaciones de autobuses, terrenos baldíos, basureros y alcantarillas; éstas son las principales: rechazo, maltrato, indiferencia y pobreza.
La principal causa de la exclusión de los niños y niñas es la pobreza extrema. De los 60 millones que hay en el país, el 27.7% de los niños y niñas mexicanas la viven. El Centro de Apoyo al Niño de la Calle (CANICA) dice que el 53% de los niños en situación de calle son niños y el 47 % son niñas.
El caso del Venom no entra en ninguna encuesta ya que él, literalmente, es un hijo de la calle. Sus padres también vivieron en la marginación, se conocieron en el parque donde dormían y ahí lo consumaron. Su madre murió al darlo a luz y al poco tiempo su padre lo abandonó. El pequeño fue a parar al DIF y de ahí se escapó a los trece años.
Y es que, hace tres años, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF) promulgó una iniciativa de ley que le da la tutela de los niños de la calle a las instituciones. El proceso es el siguiente: el Ministerio Público otorga cuidados y custodia al menor de forma provisional, después, el caso se asigna a un juez y éste decide si otorga al DIF-DF la tutela o si lo reingresa a su núcleo familiar.
Naturalmente, si los niños vienen huyendo de sus casas, éstos no vuelven a ellas y sus familiares se deslindan de ellos, por lo tanto, el destino de los menores es terminar en un orfanato; los casos de reintegración son mínimos.
Pero la Fundación Pro Niños de la Calle, además de proveer educación, manutención y salud a los niños, se encarga de reintegrarlos a sus núcleos familiares. Así, en su informa anual revela que de los 289 jóvenes que atendió, 35 por ciento de los jóvenes (60 chavos) regresaron a sus hogares. El 53 por ciento emigra a otras instituciones y el 12 por ciento decide llevar una vida independiente.
Al Venom no le gusta recibir limosnas o ayuda de ninguna persona o de algún patronato. Él prefiere ganarse lo que tiene con base en lo único que sabe hacer: vender dulces y cigarros. “Las gentes ni el gobierno ayudan pa’ ni madres. Las personas nomás se mueven por la lástima y el gobierno hace puras pendejadas. A mí ninguno de los dos me engatusa”.
Con los festejos del Bicentenario, tanto el gobierno federal como el local se han comprometido a establecer albergues que funcionen los 365 días para resguardar a los infortunados. Este tipo de disposiciones vienen desde las primeras fiestas centenarias.
Jesús Octavio Elizondo Martínez, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, hace un recuento histórico de cómo la sociedad y el estado realizan obras filantrópicas que, muchas veces, perjudican a los beneficiados.
La corona española funda en la Nueva España, en el siglo XVIII, el Hospicio de Pobres, la Escuela Patriótica, la Casa de Cuna, el Hospital de San Andrés, el Asilo para Huérfanos, la Casa para Recogidas y el Monte de Piedad.
Porfirio Díaz, el primero y el cuarto día de septiembre de 1910, regaló 200 trajes a los niños pobres para que celebraran vestidos el centenario de la independencia. De la misma forma, el general organizó un programa de “pantalización” para que los indígenas no mostraran sus cuerpos desnudos e hirieran la sensibilidad de los invitados extranjeros y de las clases altas.
“A mí no me gusta estar encerrado, por eso me escapé. La mera verdad yo creo que la gente prefiere que nos muramos y los políticos quieren escondernos o refundirnos en la cárcel”, comenta el Venom y agrega lo siguiente: “a veces estoy aquí tirado con la flotilla y cuando alguien pasa te mira como si fueras una pinche rata, un perro o un puto animal. Ya nos da gracia pero, si nos agarran de malas, los vamos a morder”.
Las serpientes de Mixcoac vigilan al Venom y a sus amigos. Terminan de contar su dinero y descubren que tienen lo suficiente para tres botes de activo y un café de la Perla. Se paran y empiezan a corretearse entre los pocos coches que hay en Patriotismo a la medianoche. Los conductores les dirigen miradas frías, ellos ya calientan sus cuerpos con el café y el poco thinner que les sobra. Ya tibios, se vuelven a acostar en el pasto de la fuente, la gente evita su posición y los automóviles emprenden su camino. Y por un momento, ellos mismos se olvidaron que existían.
Tejeda Ronzón Manuel Alejandro
Lunes 17 de Mayo del 2010
crueles intenciones definen al hombre , culpables somos todos de estas circunstancias.
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